Su ambición se había desarrollado entre las sombras. Había logrado escalar posiciones hasta conseguir convertirse, mediante su simpatía y afabilidad, en el reemplazo perfecto. Parecía algo tonto, fácil de manejar, útil al poder de turno que no pensaba delegar fácilmente sus privilegios y beneficios. Era un mal necesario para quitar del medio al traidor y conseguir tener automáticamente todo lo que necesitasen.
Sin embargo, el suplente tenía la habilidad de un zorro para lograr que sus propósitos se fueran concretando, sin que nadie se diera cuenta. Hasta que la ambición fue tan fuerte y el deseo de tener más lo poseyó de tal manera, que ya no ocultó ninguna de sus actividades.
Adquirió bienes que no se condecían con el sueldo de un funcionario, los mostraba, hacía alarde de su buen vivir. Pero, desde la ciudad Maldita, habían comenzado a llegar mensajes. De repente, en alguna pared, sin saber cómo ni cuándo, se descubría un grafitti expresando sus negocios oscuros, sus contactos en el ambiente de quienes tenían contactos con el gobierno, y de otras maniobras turbias que, al llegar a oídos de la Sucesora, no le provocaron ninguna gracias, ya que para ella, como para el Líder en su momento, el suplente era solo una marioneta útil para completar una fórmula y no alguien que de la nada estropeara sus planes de poder.
Buscaron silenciar al suplente, quitándole espacio en la escena pública, aunque él se las ingeniaba siempre para ser la mosca en la leche. Pero un acontecimiento cambió todos los planes de la Sucesora y otros grandes, y deberían dejarle ocupar el primer lugar a él, al indeseable, al títere que podía derrumbar todo el proyecto de un soplido y hacerlo caer como si fuera un castillo de naipes mal armado.
El grupo más cercano a la Sucesora, que en su fuero interno no lo consideraba ni un Grande ni un par de su clase, tuvo que tragarse todo lo que pensaban de él y rodearlo, como a la pieza del Rey en el juego del ajedrez, para demostrar que no había conflictos entre ellos. Pero se notaba en sus rostros y en sus actitudes el fastidio que les provocaba que el suplente estuviera al mando durante los próximos días, mientras la Sucesora se reponía.
El temor que todos ocultaban y que no querían expresarse ni a sí mismos era si la gravedad de lo ocurrido obligaría a soportar al suplente más tiempo del que se hablaba, convirtiéndolo así en un nuevo Sucesor y Líder.
Sin embargo, el suplente tenía la habilidad de un zorro para lograr que sus propósitos se fueran concretando, sin que nadie se diera cuenta. Hasta que la ambición fue tan fuerte y el deseo de tener más lo poseyó de tal manera, que ya no ocultó ninguna de sus actividades.
Adquirió bienes que no se condecían con el sueldo de un funcionario, los mostraba, hacía alarde de su buen vivir. Pero, desde la ciudad Maldita, habían comenzado a llegar mensajes. De repente, en alguna pared, sin saber cómo ni cuándo, se descubría un grafitti expresando sus negocios oscuros, sus contactos en el ambiente de quienes tenían contactos con el gobierno, y de otras maniobras turbias que, al llegar a oídos de la Sucesora, no le provocaron ninguna gracias, ya que para ella, como para el Líder en su momento, el suplente era solo una marioneta útil para completar una fórmula y no alguien que de la nada estropeara sus planes de poder.
Buscaron silenciar al suplente, quitándole espacio en la escena pública, aunque él se las ingeniaba siempre para ser la mosca en la leche. Pero un acontecimiento cambió todos los planes de la Sucesora y otros grandes, y deberían dejarle ocupar el primer lugar a él, al indeseable, al títere que podía derrumbar todo el proyecto de un soplido y hacerlo caer como si fuera un castillo de naipes mal armado.
El grupo más cercano a la Sucesora, que en su fuero interno no lo consideraba ni un Grande ni un par de su clase, tuvo que tragarse todo lo que pensaban de él y rodearlo, como a la pieza del Rey en el juego del ajedrez, para demostrar que no había conflictos entre ellos. Pero se notaba en sus rostros y en sus actitudes el fastidio que les provocaba que el suplente estuviera al mando durante los próximos días, mientras la Sucesora se reponía.
El temor que todos ocultaban y que no querían expresarse ni a sí mismos era si la gravedad de lo ocurrido obligaría a soportar al suplente más tiempo del que se hablaba, convirtiéndolo así en un nuevo Sucesor y Líder.
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