miércoles, 5 de septiembre de 2012

El señor Shorting


Había logrado posicionarse en uno de los medios tras dejar en el camino a varios competidores. Su perfil bajo le permitía nadar entre los peces grandes y pasar medianamente desapercibido. Los grandes lo utilizaban, considerándolo un tibio útil. Los idiotas que estaban bajo sus órdenes secretamente lo aborrecían.

 

Recibía permanentemente informes clandestinos de personas que buscaban boicotear al gobierno. Algunos formaban parte de las sombras, otros, simples criticones que pensaban que Shorting haría algo por su causa alguna vez.

 

Fumaba dos atados de cigarrillos por día.  Cuando se retiraba al patio de la agencia a fumar, escondidas en la agenda, Shorting leía todas las notas que le enviaban. Luego las rompía y las quemaba, para que nunca lo vincularan con esos movimientos. Le había costado mucho permanecer en ese puesto, convencer a muchos jerarcas que él era el indicado, aunque no fuera el mejor, y que sería funcional a sus intereses.

 

Nunca hacía preguntas. Recibía los informes y los leía al aire con su mejor sonrisa. Había intentado ingresar al mundo de los Grandes, cada vez que había podido. Sin embargo, esos a los cuales él servía...lo despreciaban. Pero al mismo tiempo, todos eran conscientes que Shorting sabía demasiadas cosas y sólo tenían una forma de liberarse de él.

 

Shorting conocía las formas que los Grandes usaban para sacarse de encima a quienes se metían en donde no correspondía. Por eso guardaba en el fondo de su consciencia la memoria de muchos crímenes, a los que había ignorado por comodidad y conveniencia. La historia, su propia historia, le demandaría tomar posiciones y decidir si quedaba como un Idiota, o sería protagonista de la guerra que vendría para cambiarlo todo.

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