Había logrado
posicionarse en uno de los medios tras dejar en el camino a varios
competidores. Su perfil bajo le permitía nadar entre los peces grandes y pasar
medianamente desapercibido. Los grandes lo utilizaban, considerándolo un tibio
útil. Los idiotas que estaban bajo sus órdenes secretamente lo aborrecían.
Recibía permanentemente
informes clandestinos de personas que buscaban boicotear al gobierno. Algunos
formaban parte de las sombras, otros, simples criticones que pensaban que
Shorting haría algo por su causa alguna vez.
Fumaba dos atados
de cigarrillos por día. Cuando se
retiraba al patio de la agencia a fumar, escondidas en la agenda, Shorting leía
todas las notas que le enviaban. Luego las rompía y las quemaba, para que nunca
lo vincularan con esos movimientos. Le había costado mucho permanecer en ese
puesto, convencer a muchos jerarcas que él era el indicado, aunque no fuera el
mejor, y que sería funcional a sus intereses.
Nunca hacía
preguntas. Recibía los informes y los leía al aire con su mejor sonrisa. Había intentado
ingresar al mundo de los Grandes, cada vez que había podido. Sin embargo, esos
a los cuales él servía...lo despreciaban. Pero al mismo tiempo, todos eran
conscientes que Shorting sabía demasiadas cosas y sólo tenían una forma de
liberarse de él.
Shorting conocía
las formas que los Grandes usaban para sacarse de encima a quienes se metían en
donde no correspondía. Por eso guardaba en el fondo de su consciencia la
memoria de muchos crímenes, a los que había ignorado por comodidad y
conveniencia. La historia, su propia historia, le demandaría tomar posiciones y
decidir si quedaba como un Idiota, o sería protagonista de la guerra que
vendría para cambiarlo todo.
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