miércoles, 21 de junio de 2017

La desconexión.



Ella miraba la bóveda en donde el cuerpo del Líder permanecía escondido, con sus signos vitales suspendidos.  Parecía muerto, indefenso, dependiendo por primera vez en su vida de algo que no fuera él mismo para vivir.


El ingreso a la bóveda estaba permitido sólo a la Sucesora y al médico principal. Nadie más sabía con exactitud qué había en ese cuarto, ni siquiera los encargados de revisar los monitores en donde su vida aún estaba manifestándose mínimamente.


Ella marcó el código secreto. La puerta se abrió y pudo ver el ataúd transparente en donde permanecía el cuerpo. Se acercó y rozó con la yema de los dedos el cristal que encerraba a su esposo, a su socio, a su cómplice. Sabía que nadie la observaba. Y que existía una sola persona que conocía la verdad sobre la vida y la muerte del Líder.


Se acercó a un panel y digitó una clave. Las líneas vitales fueron disminuyendo hasta apagarse y el oxígeno liberado dentro de la caja dejó de circular. Nadie podría discutir ni denunciar la muerte de alguien que ya estaba muerto.


En ese momento, el médico principal salía de su casa y se detuvo frente a su auto cuando recibió un mensaje en su teléfono. Era una aplicación que le avisaba que algo estaba funcionando mal en la bóveda del mausoleo. Un cartel rojo indicaba una sola palabra “desconexión”.


Un pinchazo en el pecho lo distrajo y vio cómo una enorme mancha roja de sangre invadía su camisa y el saco de su traje. Levantó la vista y, del otro lado de la vereda, un coche negro con vidrios polarizados arrancó el motor y se marchó mientras su cuerpo caía sobre el césped de la trotadora.

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