Ella miraba la bóveda en donde el cuerpo del Líder
permanecía escondido, con sus signos vitales suspendidos. Parecía muerto, indefenso, dependiendo por
primera vez en su vida de algo que no fuera él mismo para vivir.
El ingreso a la bóveda estaba permitido sólo a la
Sucesora y al médico principal. Nadie más sabía con exactitud qué había en ese
cuarto, ni siquiera los encargados de revisar los monitores en donde su vida
aún estaba manifestándose mínimamente.
Ella marcó el código secreto. La puerta se abrió y
pudo ver el ataúd transparente en donde permanecía el cuerpo. Se acercó y rozó
con la yema de los dedos el cristal que encerraba a su esposo, a su socio, a su
cómplice. Sabía que nadie la observaba. Y que existía una sola persona que
conocía la verdad sobre la vida y la muerte del Líder.
Se acercó a un panel y digitó una clave. Las líneas
vitales fueron disminuyendo hasta apagarse y el oxígeno liberado dentro de la
caja dejó de circular. Nadie podría discutir ni denunciar la muerte de alguien
que ya estaba muerto.
En ese momento, el médico principal salía de su casa
y se detuvo frente a su auto cuando recibió un mensaje en su teléfono. Era una
aplicación que le avisaba que algo estaba funcionando mal en la bóveda del
mausoleo. Un cartel rojo indicaba una sola palabra “desconexión”.
Un pinchazo en el pecho lo distrajo y vio cómo una
enorme mancha roja de sangre invadía su camisa y el saco de su traje. Levantó
la vista y, del otro lado de la vereda, un coche negro con vidrios polarizados
arrancó el motor y se marchó mientras su cuerpo caía sobre el césped de la
trotadora.
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