Arnaldo era un viejo escritor, conocedor de la historia en su totalidad. Había nacido en una familia humilde, antes de la época en que se instauró la división de clases sociales en Grandes, Idiotas, y Malditos. En ese entonces, hablar de clones era casi hablar de ciencia ficción y se utilizaba para recuperar alguna especie en peligro de extinción. No se hablaba de clonar humanos, mucho menos para utilizarlos como esclavos de servicio o sexuales.
Durante su juventud, tuvo la suerte de poder estudiar y acceder a muchos conocimientos. Gracias a sus excelentes calificaciones, accedió a dar clases en distintas universidades, mientras escribía columnas de opinión en diferentes medios. Tenía la capacidad de no llevarse mal con nadie y evitaba contradecir las opiniones ajenas. Creía que toda persona tenía derecho a ser escuchada, por mas que sus ideas fueran malas.
Jamás pensó que el proyecto del Líder, en aquéllos años un casi desconocido gobernante del interior, llegara a hacerse realidad. Lo había conocido una vez, en un café, cuando una revuelta provocó la renuncia de varios funcionarios públicos. Poco a poco, el Líder habia ganado terreno y se había convertido en eso que tanto anhelaba ser, el dirigente de todo un país, vapuleado y vitoreado al mismo tiempo.
El gran problema era que este líder no soportaba a quienes lo contradecían. Y había pergeñado un plan, un peligroso plan. Necesitaba evitar que los ciudadanos lo consideraran un tirano, cosa que jamás soportaría escuchar. No podía imponer a nadie por la fuerza acciones que los llevaran a seguirlo sin dudar.
Había que convencer a la gente que él era el mejor y el único que podía gobernarlos. Pero imponerles un estado de sitio para asegurarse que los medios informativos hiciesen su trabajo no era una tarea fácil. No podía decretar un estado de sitio, o terminaría con el gobernante anterior, renunciando por la fuerza y como un cadáver político. Había que encontrar la solución.
Fue una noche, como tantas, que se quedaba mirando los programas que no eran sumisos a su poder. Y esa nefasta idea se impuso en su mente, como la única posiblidad de dominar todos los aspectos de la vida cotidiana... Sería un trabajo duro, pero no era imposible conseguir que los ciudadanos se autoimpusieran el famoso toque de queda.
En esos días, la violencia era una circunstancia repetida en la sociedad. Todas las semanas había asaltos, robos, vaciamientos de comercios, asesinatos. Los medios que lo criticaban pasaban la noticias varias veces en el día. Ante los reclamos, la respuesta fue que no existía tal violencia, que era una sensación creada por un grupo mediático para "desestabilizar" su gobierno.
Lo que mata es la indiferencia. Y esa indiferencia ante la muerte fue la que impuso en las personas la necesidad de dejar de ir a ciertos lugares, de quedarse en sus casas a partir de ciertas horas. Un toque de queda autoimpuesto fue la respuesta a la indiferencia, al silencio. Y fue en ese momento, en que todos los medios fueron apropiados por el Líder.
Un programa especial dedicado a aplaudir cada cosa que se inauguraba. Cada acto, promesa, era transmitido en vivo y en directo, con una extensa charla entre los conductores, explicando por qué era bueno que se hiciese tal o cual cosa.
Costó un tiempo, luego, eliminar a los que molestaban. Fueron expulsados a la zona Maldita aquellos que pensaban distinto, que no le creían al Líder y que cuestionaban su excesivo poder. Las noticias jamás comentaban qué sucedía con estas personas. Simplemente, desaparecían, sin ninguna razón.
Arnaldo supo caminar al borde del abismo. Su silencio y su capacidad de no contestar una afrenta lo salvó de ir a la zona Maldita. Fue uno de las pocas personas comunes, ajenas al poder, que ascendió a Grande sólo por sus conocimientos. Realmente nunca había creído en el Líder y su gobierno, pero le convenía mantenerse con vida y no quería convertirse en un mártir.
Cuando el "toque de queda" autoimpuesto fue una realidad y la idiotización de la sociedad un hecho, escuadrones del ministerio de seguridad ingresaron a cada domicilio y expropiaron todo texto que hablara del pasado. Cualquier material que criticara al poder. Todo aquéllo que pudiera despertar a un librepensador.
Arnaldo, adivinando esto, había sabido esconder cualquier indicio de enemistad con el gobierno. Sus libros históricos, sus colecciones de periódicos, sus clases magistrales, todo había sido sabiamente escondido y los inspectores jamás encontraron nada que lo convirtiera en sospechoso. Ah, si las paredes de su casa hablaran...
Ahí había escondido todo lo que pudiera comprometerlo. Incluso un diario manuscrito en el que contaba, día por día, lo que el Líder y sus seguidores tenían planeado. Mientras era respetado en la sociedad Grande por su conocimiento y su sabiduría, tendría un salvoconducto para evitar problemas y poder contar, algún día, todo aquéllo que él sabía, que escuchaba a diario, y era ocultado a la sociedad.
El problema a vencer era cómo hacer para despertar a la socieda de una sola vez, sin morir en el intento.
Durante su juventud, tuvo la suerte de poder estudiar y acceder a muchos conocimientos. Gracias a sus excelentes calificaciones, accedió a dar clases en distintas universidades, mientras escribía columnas de opinión en diferentes medios. Tenía la capacidad de no llevarse mal con nadie y evitaba contradecir las opiniones ajenas. Creía que toda persona tenía derecho a ser escuchada, por mas que sus ideas fueran malas.
Jamás pensó que el proyecto del Líder, en aquéllos años un casi desconocido gobernante del interior, llegara a hacerse realidad. Lo había conocido una vez, en un café, cuando una revuelta provocó la renuncia de varios funcionarios públicos. Poco a poco, el Líder habia ganado terreno y se había convertido en eso que tanto anhelaba ser, el dirigente de todo un país, vapuleado y vitoreado al mismo tiempo.
El gran problema era que este líder no soportaba a quienes lo contradecían. Y había pergeñado un plan, un peligroso plan. Necesitaba evitar que los ciudadanos lo consideraran un tirano, cosa que jamás soportaría escuchar. No podía imponer a nadie por la fuerza acciones que los llevaran a seguirlo sin dudar.
Había que convencer a la gente que él era el mejor y el único que podía gobernarlos. Pero imponerles un estado de sitio para asegurarse que los medios informativos hiciesen su trabajo no era una tarea fácil. No podía decretar un estado de sitio, o terminaría con el gobernante anterior, renunciando por la fuerza y como un cadáver político. Había que encontrar la solución.
Fue una noche, como tantas, que se quedaba mirando los programas que no eran sumisos a su poder. Y esa nefasta idea se impuso en su mente, como la única posiblidad de dominar todos los aspectos de la vida cotidiana... Sería un trabajo duro, pero no era imposible conseguir que los ciudadanos se autoimpusieran el famoso toque de queda.
En esos días, la violencia era una circunstancia repetida en la sociedad. Todas las semanas había asaltos, robos, vaciamientos de comercios, asesinatos. Los medios que lo criticaban pasaban la noticias varias veces en el día. Ante los reclamos, la respuesta fue que no existía tal violencia, que era una sensación creada por un grupo mediático para "desestabilizar" su gobierno.
Lo que mata es la indiferencia. Y esa indiferencia ante la muerte fue la que impuso en las personas la necesidad de dejar de ir a ciertos lugares, de quedarse en sus casas a partir de ciertas horas. Un toque de queda autoimpuesto fue la respuesta a la indiferencia, al silencio. Y fue en ese momento, en que todos los medios fueron apropiados por el Líder.
Un programa especial dedicado a aplaudir cada cosa que se inauguraba. Cada acto, promesa, era transmitido en vivo y en directo, con una extensa charla entre los conductores, explicando por qué era bueno que se hiciese tal o cual cosa.
Costó un tiempo, luego, eliminar a los que molestaban. Fueron expulsados a la zona Maldita aquellos que pensaban distinto, que no le creían al Líder y que cuestionaban su excesivo poder. Las noticias jamás comentaban qué sucedía con estas personas. Simplemente, desaparecían, sin ninguna razón.
Arnaldo supo caminar al borde del abismo. Su silencio y su capacidad de no contestar una afrenta lo salvó de ir a la zona Maldita. Fue uno de las pocas personas comunes, ajenas al poder, que ascendió a Grande sólo por sus conocimientos. Realmente nunca había creído en el Líder y su gobierno, pero le convenía mantenerse con vida y no quería convertirse en un mártir.
Cuando el "toque de queda" autoimpuesto fue una realidad y la idiotización de la sociedad un hecho, escuadrones del ministerio de seguridad ingresaron a cada domicilio y expropiaron todo texto que hablara del pasado. Cualquier material que criticara al poder. Todo aquéllo que pudiera despertar a un librepensador.
Arnaldo, adivinando esto, había sabido esconder cualquier indicio de enemistad con el gobierno. Sus libros históricos, sus colecciones de periódicos, sus clases magistrales, todo había sido sabiamente escondido y los inspectores jamás encontraron nada que lo convirtiera en sospechoso. Ah, si las paredes de su casa hablaran...
Ahí había escondido todo lo que pudiera comprometerlo. Incluso un diario manuscrito en el que contaba, día por día, lo que el Líder y sus seguidores tenían planeado. Mientras era respetado en la sociedad Grande por su conocimiento y su sabiduría, tendría un salvoconducto para evitar problemas y poder contar, algún día, todo aquéllo que él sabía, que escuchaba a diario, y era ocultado a la sociedad.
El problema a vencer era cómo hacer para despertar a la socieda de una sola vez, sin morir en el intento.
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