lunes, 4 de junio de 2012

Los Idiotas


    Los Idiotas



Juan Pérez era un idiota más, que trabajaba en la sede del centro de cómputos. Allí se gestionaban los números que se informaban a la población sobre construcciones, mejoras salariales, censos, encuestas, etc.



Pero Juan no trasladaba más que los números que le daba su jefe, un Grande, al que no se le podía discutir absolutamente nada. La orden era simplemente copiar un listado sin alterar nada, y eso dárselo los informadores de los medios de comunicación.  En el despacho del jefe de Juan siempre salían extraños ruidos y luego la encargada de la limpieza salía con enormes bolsas llenas de papeles hechos tiritas…



Como cualquier otro idiota, Juan jamás cuestionaba nada de lo que le ordenaban. Sabía que un gesto, una mirada, un tono de voz fuera de lugar, podría costarle mucho más que su puesto de trabajo. Alguna vez presenció un principio de altercado entre su jefe y un compañero y, al día siguiente, se informó que el joven había “decidido” renunciar al puesto…Pero Juan sabía que eso no era verdad, ya que el muchacho vivía cercano a su hogar y tampoco se lo volvió a ver. Su familia caminaba cabizbaja y si alguien les preguntaba por él, respondían con evasivas y cambiaban de tema.



Sin embargo su abuelo, un día, le había dicho que jamás perdiera la libertad de pensamiento. Que podía estar preso en la más pequeña y oscura de las cárceles, pero que su mente podía volar a donde él quisiera, porque era el único espacio a donde los Grandes no podrían penetrar jamás. Eso sí, que se cuidara muy bien de que nadie se diera cuenta de sus pensamientos.



Si bien obedecía y respetaba las leyes impuestas, Juan en el fondo tenía un malestar. Había algo de todo lo que lo rodeaba que necesitaba desentrañar. Había muchas mentiras a su alrededor, y esa sensación de permanente felicidad en la que se vivía en la Ciudad Idiota, iba a estallar en algún momento.



No comprendía por qué no podía reunirse con sus compañeros de trabajo, y por qué no podía elegir a la mujer con quién casarse. Desde el gobierno tenían un programa y una vez al año daban el listado de parejas. Y a finales de ese año, Juan sabría el nombre de su posible futura esposa.



Hasta eso decidía este gobierno! Juan sentía que en cualquier momento estallaría y sabía que eso no sería  bueno… Pero, por un lado, le atraía profundamente la libertad en la que deberían vivir quienes eran expulsados a la zona Maldita, la información que tendrían, el saber sin condicionamiento, poder hacer lo que realmente le venía en gana y no estar obligado a escuchar horas los discursos obsecuentes de los Grandes de turno.



Juan no sabía que un virus había estado durmiendo en su mente durante años, y que despertaría de una forma que jamás imaginó. Era el virus de la libertad.                     

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